A propósito del calificativo del presidente Santos en su discurso de posesión llamando “segundo libertador” a Álvaro Uribe, nos lleva a pensar en si la comparación no pasa de ser un generoso gesto de gratitud o si en realidad el Señor Presidente con visión premonitoria alcanza a intuir que al igual que a Bolívar, será la historia la que le reconocerá a Uribe la transcendencia de su obra como para equipararla a la de nuestro primer libertador. Será que el presidente Santos honestamente considera que con Uribe igual que ocurrió con Bolívar en su momento, hoy somos testigos de excepción de una “alborada histórica”, un ciclo colososal de nuestro amorfo país que salió de su oscuro destino y se encaminó hacia la plenitud jurídica del verdadero Estado Social de Derecho.
Es Uribe a los ojos del presidente Santos, como lo fue Bolívar, ese estratega peculiar, que más que por cosechar éxitos en el campo militar y si por la influencia de su arrolladora personalidad, moldura donde se incorporó el imponente valle de Aragua y de fondo un paisaje de llaneros, con quienes Bolívar adquirió el don de mando, la noción de disciplina, el respeto a la jerarquía y a la autoridad que contribuyeron a esculpir el temperamento Bolivariano; En el caso de Álvaro Uribe tendríamos que decir que a ese carácter habría que incorporarle como telón de fondo, las escarpadas y a veces agrestes montañas de su natal Antioquia, allí donde seguramente rodeado de arrieros y de la manada adquirió la costumbre de mandar como “mayoral” hasta convertirse en el gobernador del clan que aventaja a los demás en virtudes y fortaleza, gobernando con sentimiento patriarcal y con una férrea voluntad de mando
Podríamos afirmar que de la misma forma que el afecto de Bolívar por el llano influyó decisivamente en la dimensión anímica del héroe, igual pudo ocurrir con Uribe respecto de las empinada y escarpada cordillera que lo vio nacer y que seguramente lo predispuso cual alpinista, a exigirse más allá del límite para alcanzar la cima.
Al cabo de ya casi dos siglos se destaca por su don oracular, su capacidad premonitoria y su sentido singular para leer el futuro. Lo que para Bolívar era la republica posible, adecuada a la edad y a la idiosincrasia de su gente, que requería de un poder cohesivo y de una libertad regulada que garantizara el continuo fortalecimiento de la incipiente institucionalidad, para Uribe lo podría ser el concepto de Estado Social de Derecho que apenas se está implementando y que aún se encuentra en formación, razón por la que se hace imperativo mantener la unidad de propósitos en procura de enfrentar las distintas formas de violencia que amenazan los avances hacia la consolidación de ese Estado moderno capaz de garantizarnos el ejercicio de nuestros derechos y de exigirnos el cumplimiento de nuestros deberes.
El logro más importante alcanzado por Uribe y que en el caso de Bolívar fue vital para el cumplimiento de su gesta libertadora, es el haber logrado una sintonía con la voluntad popular. Para el libertador, el Gobernante debía adaptarse a la naturaleza del pueblo e interpretar sus constantes sociales, en tanto cada nación tiene su propio temperamento que la hace distinta a las otras y esa particularidad debe reflejarse en sus instituciones que estimulan y gratifican el esfuerzo que hacen vital a un país, y como bien lo señalaba: “La excelencia de un gobierno no reside en su teoría, ni en su mecanismo, sino en ser compatible con el alma profunda de la colectividad”. El mayor aporte del gobierno de Uribe al Estado Social de Derecho en formación, no fueron sus éxitos en el campo militar sino el haber logrado una sintonía entre el gobernante y el pueblo que no tenía antecedentes. Si el presidente Santos le quiere hacer un reconocimiento a su antecesor sería continuando en esa ruta y ampliando esa sintonía.